Boletín OPCA No. 10 –cocinas y alimentos.
Reflexiones en torno al patrimonio y la gastronomía.

Departamento de Antropología, No.10, 89 p.
ISSN 2256-3199, abril de 2016
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El hilo de la vida: semillas y patrimonio agro-alimentario 

Cristina Consuegra.

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Antropóloga y economista de la Universidad de los Andes,
MSc. Antropología, Medio Ambiente y Desarrollo de University College London. Consultora en el Fondo Patrimonio Natural.

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Resumen

A partir de la relación que los campesinos del municipio de San Juan  Nepomuceno,  en  Bolívar,  entablan  con el patrimonio agro-alimentario y en particular con las semillas tradicionales , en este artículo reflexiono acerca de la importancia y necesidad de recuperar y conservar la diversidad genética agrícola, así como la memoria cultural asociada a ésta. La reflexión es particularmente pertinente en la medida en que la discusión acerca de la erosión inminente de la agro-biodiversidad está rondando la opinión pública a nivel mundial y las soluciones que se emprendan requieren solidez científica, política y ética.

Palabras clave: semillas, patrimonio agro-alimentarios

 

 

      
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  Cienaga de oro
 Fotografía: Andrés F. Valenzuela.
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


En su edición del 10 de septiembre de 2015, la revista The Economist publicó un artículo sobre la importancia de conservar la diversidad genética agrícola la cual está en la base de los cultivos que hoy en día constituyen las dietas humanas y que se ha perdido o está en riesgo de desaparecer.
A pesar de su actualidad y pertinencia, la amenaza indefectible de la erosión de la agro-biodiversidad y la constatación de que se requieren recursos para conservarla es una discusión de relativa vieja data que requiere soluciones científicas, políticas y éticas (Nazarea, 2005). Aunque los datos no están disponibles para Colombia, la FAO estima una tasa de erosión de la agro-biodiversidad que oscila entre el 1 y 2 por ciento anual, de la cual se infiere que cerca del 75 por ciento ya debe haberse perdido (RAFI, 1997 en Nazarea, 2005). De acuerdo con el artículo, esta discusión resurge a la luz de estudios recientes que sostienen que la diversidad genética que representan los parientes silvestres de los cultivos está sub-estudiada y sub-representada a nivel mundial. Así, éste manifiesta la necesidad de identificar, colectar y almacenar en bancos de semillas los cultivares tradicionales y los parientes silvestres de los principales cultivos como estrategia frente a las amenazas que constituyen los fenómenos contemporáneos de cambio climático, aumento poblacional, urbanización y modernización de las dietas. Bajo este panorama, el artículo concluye arrojando una estimación del valor financiero de los genes correspondientes a los parientes silvestres de 29 cultivos identificados por el Mvillenuium Seed Bank, la cual alcanza los 120 millones de dólares. No sin cuestionamientos, la señal de mercado parece estar dada.
En América Latina, el proceso de modernización de la agricultura y la implementación del modelo de ‘Revolución verde’ derivaron en lo que McMichael (2009) denomina el ‘régimen corporativo alimentario’. Resultado, principalmente de la integración vertical y horizontal de las compañías de semillas, biotecnología y agroquímicos a nivel mundial, desde la década de los 90 un grupo de seis transnacionales conformado por Monsanto, Syngenta, DuPont, Dow Agrosciences, Bayer y BASF (Gutiérrez s.f ) domina el mercado global de insumos agrícolas. Más aún, de éstas seis, en 2007 Monsanto, Syngenta y DuPont controlaban alrededor del 47% del mismo (Grupo ETC, 2008 en Gutiérrez, s.f ). Nazarea (2005) sostiene que uno de los mayores logros de la ‘Revolución verde’ fue consumar su hegemonía por medio de la inserción y adopción generalizada de lo que Shiva (1993) llama los ‘monocultivos mentales’. La tendencia hacia la uniformidad genética se concibió como sinónimo de la modernización del campo, sin considerar la erosión irreversible que esto implicaría para la agro-biodiversidad y la memoria cultural de las comunidades agrícolas rurales. Lo anterior estuvo enmarcado dentro del discurso del sur global como rico en biodiversidad pero pobre en tecnología (Nazarea, 1998; 2005), que contribuyó a su vez a la valoración de las semillas tradicionales como inferiores a las semillas híbridas o de alto rendimiento. Producto de lo anterior, paradójicamente las semillas tradicionales y resilientes pasaron a ser concebidas como primitivas o simplemente como materia prima, y las híbridas y estériles a representar la versión moderna o el producto terminado de las mismas (Shiva, 1993; Gutiérrez, s.f ).

La simplificación e instrumentalización de las semillas tradicionales ha tenido implicaciones importantes respecto a la complejidad cultural y social de la que éstas dependen (Gutiérrez, s.f.; Shiva, Lockhart y Schoff, 2013). Al igual que los animales domésticos y los humanos, las semillas son el resultado de una “compleja red de relaciones socio- naturales dentro de la que simultáneamente operan procesos biológicos y humanos” (van Dooren, 2008 en Gutiérrez, s.f.: 8). Son cuasi-artefactos culturales (Tilley, 2009). Bajo esta perspectiva, las semillas difícilmente pueden considerarse de manera aislada a las sociedades que históricamente se han encargado de seleccionarlas, reproducirlas y conservarlas; o, como sostiene Nazarea (2005), la diversidad biológica y cultural se define y recrea mutuamente. Con base en lo anterior, a nivel nacional e internacional, organizaciones de la sociedad civil como la Red de Semillas Libres de Colombia, La Vía Campesina y Navdanya a través de su campaña Seed Freedom se oponen al modelo de conservación ex situ —o en bancos de semillas como los mencionados por el artículo de The Economist—, en la medida en que la apropiación de recursos genéticos y los programas de fitomejoramiento que éstos realizan tienden a desconocer la relación simbiótica y compleja entre las semillas y sus contextos . En este sentido, estas organizaciones le apuestan a los modelos de conservación in situ o incluso in vivo (Nazarea, 2005) para garantizar la pervivencia tanto de la diversidad genética de las semillas como la memoria cultural asociada a éstas. Frente a esto último, la declaración de la Vía Campesina de que las semillas son ‘patrimonio de la humanidad’ subraya el vínculo estrecho entre éstas y los conocimientos y prácticas culturales que les dan sentido.
Con el ánimo de aterrizar la discusión presentada arriba, en el municipio de San Juan Nepomuceno (Bolívar), el Programa Paisajes de Conservación Caribe, y un grupo de 71 familias campesinas vienen trabajando en la conservación del bosque seco tropical por medio de un modelo de corredores de conservación-producción. Para los campesinos que hacen parte de este Programa, muchos de ellos guardianes de semillas innatos, las semillas tradicionales no se limitan a ser un medio de producción y por el contrario se considera que están conformadas por capas sucesivas aunque no jerárquicas de significado. En esta medida, para ellos las semillas tradicionales representan nociones poderosas y sumamente vigentes de economía solidaria, arraigo al territorio, renovación, identidad y patrimonio cultural, por empezar la cuenta. Centrándome principalmente en la discusión de las semillas como patrimonio cultural, a continuación quiero resaltar dos aspectos derivados de mi experiencia en campo en el marco de mi trabajo como consultora de este Programa, los cuales buscan aportar a la comprensión de la importancia y necesidad de trabajar por su recuperación y conservación.

A pesar de que los Montes de María, donde está ubicado San Juan Nepomuceno, es una región con una amplia trayectoria de conflictos sociales, agrarios y de orden público, cuyas consecuencias para la economía campesina han sido demoledoras, la tradición de seleccionar, guardar y reproducir semillas continúa vigente. Así mismo, aunque muchas semillas tradicionales se han perdido a raíz de fenómenos como el del despojo, la llegada de paquetes tecnológicos e incentivos de mercado para la siembra de monocultivos y la variabilidad climática, las rozas de los campesinos reflejan un conocimiento íntimo y profundo de los usos y las formas de cultivo de la agro- biodiversidad de la región. Frente a esto, me interesa resaltar la relación afectiva que muchos de ellos entablan cotidianamente con las semillas al considerarlas parte de su familia y asumirlas como tal, pues de aquí se desprende el argumento de que las semillas están en la base de la reproducción social y cultural de los pueblos (Gutiérrez, s.f.). Como cuenta una mujer de la vereda Los Robles: “Mis semillas yo las adoro tanto, yo les busco siempre el mejor lugar, para mí hacen parte de la familia y son mi alimento”. También, alrededor de las semillas tradicionales se teje una relación de pertenencia que involucra los sentidos e implica nociones de identidad y memoria cultural. En la medida en que éstas han transcurrido de generación en generación, materialmente no sólo se remontan al pasado y expresan, por ejemplo, relaciones de parentesco y transmisión de conocimientos, sino que simbolizan el hilo mismo de la vida. En palabras de una mujer de Cañito: “Mi abuelo era campesino y él traía esas variedades de fríjoles, de batata, de caraota, de ahuyama […]. Yo las probé, las degusté, me gustaban los sabores y me hacen añorar, me llevan a mi infancia, me llevan al recuerdo de mi abuelo, de todo eso que él hacía”. Lo anterior desafía la comprensión utilitaria de las semillas mencionada arriba, en tanto que para este grupo de campesinos éstas representan mucho más que un insumo productivo; más aún, la costumbre recurrente de hablarles y cantarles hace referencia al reconocimiento que hacen de las semillas como sujetos. Dice un campesino de la vereda Páramo: “Claro, yo a las semillas les digo, hablo con ellas porque entienden: aguanten hasta que puedan, hasta que llegue el agua, beban agua, beban agua porque ya el agua se va y no viene más”.

 
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  Cienaga de oro
Fotografía: Andrés F. Valenzuela.

 

Por otra parte, bajo el argumento ampliamente desarrollado por Guitierrez (s.f ) de que las semillas son bienes comunes, durante los últimos años organizaciones de la sociedad civil y movimientos sociales por la defensa de las semillas vienen trabajando a favor del libre acceso y circulación de las mismas. Algunas movilizaciones, en particular, además de oponerse a la privatización y control corporativo de las semillas, incitan incluso a la desobediencia civil y desacato de las normas y leyes que desconocen que las semillas son bienes comunes. Retomando lo desarrollado inicialmente, detrás de este argumento subyace la comprensión de las semillas como el resultado conjunto de procesos biológicos y de domesticación agrícola que se remontan y perpetúan en el tiempo por medio de la transmisión descentralizada y colectiva de conocimientos y prácticas asociados a éstas. En este sentido, como dice la misma mujer de Cañito referida arriba: “Las semillas son de todos porque la verdad es que no tienen dueño. Porque al averiguar quién es el dueño o de dónde salieron, pues, la verdad es que han pasado de una mano a otra, y el uno le da al otro”.

 

Como lo constata Nazarea (2005), la erosión de la diversidad genética agrícola es inminente y requiere ser atendida. Esto mismo lo expresa el artículo de The Economist, que no sólo es interesante como expresión de una discusión contemporánea y de trascendencia global, sino como reflejo de la manera como se busca abordar, y de hecho se viene haciendo, la conservación de los cultivares tradicionales y los parientes silvestres de los principales cultivos de consumo humano. Lo anterior se ha hecho en remedo del modelo colonial de conservación ex situ, cuyos cuestionamientos son más de orden político y ético que científicos. En este sentido, el caso de San Juan Nepomuceno es particularmente relevante porque permite entrever, por medio de la relación que los campesinos entablan con las semillas, la complejidad cultural y social que las atraviesa, pero que fácilmente permanece oculta bajo el ‘régimen corporativo alimentario’ que gobierna la relaciones entre el origen y el destino de los alimentos, y entre sus productores y consumidores. Reconocer e incorporar al aporte fundamental de la cotidianidad campesina a la conservación de este ‘patrimonio cultural de la humanidad’ debe ser el siguiente paso.

 

 

 

Referencias:

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Balée, W.
2006. “The research program of historical ecology”. The Annual Review of Anthropology, 35, 75-98.

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Etkin, N. L.
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Gutiérrez, L.
(s.f.). “Semillas, bienes comunes y soberanía alimentaria. La Red de Semillas Libres de Colombia”. Disponible en: https:// www.academia.edu/10702132/
S E M I L L A S _ B I E N E S _ C O M U N E S _ Y _ S O B E R A NI A _ ALIMENTARIA ._LA_RED_DE_SEMILLAS_LIBRES_DE_ COLOMBIA

McMichael, P.
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Nazarea, V. D.
1998. Cultural memory and biodiversity. Tucson: University of Arizona Press.

Nazarea, V. D.
2005. Heirloom sedes and their keepers. Marginality and memory in the conservation of biological diversity. Tucson: University of Arizona Press.

Pizano, C. y H. García (eds.)
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Shiva, V.
1993. Monocultures of the mind. London: Zed Books.

Shiva, V., C. Lockhart y R. Schoff (eds.)
2013. “Introducción”, p, 4-10, en La Ley de la semilla. Disponible en: http://redsemillas.org/wp-content/uploads/2014/10/La- Ley-de-la-Semilla.pdf

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2013. Hungry city: How food shapes our lives. United Kingdom: Random House.

Tilley, C.
2009. “What gardens mean”. En Vannini, P, (ed.) Material culture and technology in everyday life: Ethnographic Approaches (Intersections in Communications and Culture),
p. 171-292. New York: Peter Lang Pub Inc.

 

 (Lea también: Boletín 10 de OPCA)

Boletin10_Hilo_de_vida

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